La historia de como me di cuenta que Papa Noel era mi abuelo judío

    Hoy después de algunos meses me siento a contarte una nueva historia. Será porque es la primera navidad que voy a pasar lejos de mi familia en mucho tiempo, o porque siempre en esta época aparece en mi cabeza sin que nadie la llame, no lo se, pero hoy, te voy a contar la historia de cómo me di cuenta que Papa Noel era mi abuelo Judío.

Para entrar en tema tengo que arrancar por contarte que mi mamá es judía y mi papa católico. Si, en mi familia se comía un fin de semana huevos de chocolate y el siguiente knishes de papa. En mi familia un día todos organizábamos una búsqueda del tesoro para encontrar el huevo más grande que algún tío había comprado; y al otro, correteábamos por la casa de mi abuelo siguiendo las guías de un “Frio…Friooo…”, “mmmtibio”, “CALIENTE!CALIENTE!CALIENTE”, que se cantaba al unísono para encontrar la ma escondida. El afortunado en encontrarla dentro de la servilleta blanca, se llevaría 100 o 200 pesos que serían dedicados exclusivamente a compar chicles bubaloo o bazooka si querías tener el brazo lleno de tatuajes.

En algún momento entre el ocho y el veintipico de diciembre, algún Domingo que esté lindo, nos dedicábamos con mis viejos a armar el arbolito. Más bien a decorar la casa, por que en ésta no había ningún pino que coronar con alguna estrella dorada. Ese día para mi, era hasta casi mejor que navidad. No había regalos, pero tampoco había gente que no veía hace un año, solo nosotros y el desafío de colgar la mayor cantidad de lucecitas de navidad sin cortar la electricidad del país.

 La entrada de la casa donde ahora vive mi mama y desde donde escribo esto, tiene, lo que algún cuento de primaria me enseñó que se llama porche. Dos columnas de madera unidas entre si por un triángulo, también de madera, más largo que alto que sostienen un techito a dos aguas. En ese entonces desde el pasto de donde brotan las columnas también nacía un incipiente jazmín del país que alguien alguna vez plantó. Año a año el jazmín fue creciendo en forma de enredadera para encontrarse en la punta del triangulo y transformar ese porche en la entrada más linda y con el perfume más hermoso que yo jamás vi. 

El primer desafío de ese domingo lindo de diciembre, constaba de enrollar las lucecitas alrededor de la joven enredadera y conectarlas en el final de la columna con el segundo tramo. Luego recorrer el triangulo, enganchando cada bombita en un calvito cuidadosamente colocado en el lugar preciso. Despues de 4hs de laburo te prometo que era una decoración digna de una peli yankee de navidad. El segundo desafío, era encontrar un domingo similar y las ganas para sacarlas. De repente era junio y se escuchaba a mi viejo decir “y buen, dejémoslas, total en 6 meses hay que volver a ponerlas”.

El jazmín creció, mis viejos se separaron, se inventaron las lucecitas led con pilas AAA y es al día de hoy que las bombitas siguen agarradas a los clavitos cuidadosamente colocados. El cable verde se convirtió en rama de la enredadera, los enchufes metálicos en alguna hoja más y las bombitas en flores que no se caen en otoño. Tampoco es que festejábamos navidad en casa. Solíamos ir a la casa de mi abuela católica en Pompeya, por eso “tampoco es taaan grave” decían.

Pero un año si. Un año logramos convencer a mi abuela de Pompeya, a mis abuelos de Olivos, a los tíos de acá y a los primos de allá. Logramos que todos escondieran sus regalos en bolsas negras que irían en el baúl y coloquen el vitel toné en algún tupper transparente que viajaría sentado y con cinturón de segurdad, para venir a presenciar las columnas, el triangulo, las luces y el jazmín.

La noche vieja fue hermosa. Se comió, se bailó un poco, se bebió, se prendieron estrellitas, se discutió, se bebió, se brindó, se abrazó y todo esi. Nos tomamos las cosas a nuestro ritmo así que, un poco pasadas las 12, cuando terminaron los fuegos artificiales de los vecinos, súbitamente se corto la luz de toda la casa. Desde arriba de una escalera que da el patio y nunca nadie jamás uso, apareció mágico y radiante, con su traje rojo inmaculado y una bolsa redonda de regalos como su panza, un perfecto Papa Noel al grito de “JO! JO! JO! FELIZ NAVIDAD!!” 

Aplausos, Sonrisas, “Hola Papa Noel!!” Grita la tía Flabia, confusión, felicidad, abrazos, más brindis, se prenden las luces, “Los regalos Los regalos!!” indica el tío Toto y todos desesperados a la caza del paquetito con su nombre. Si no recuerdo mal me tocó una pelota de Bascket que duró hasta hace poco. No puedo confirmar con seguridad que haya sido lo que le pedí en mi cartita, pero vino bien.

Bueno, la noche terminada y todos los primos a dormir apretujados en el cuarto del medio. Un nuevo 25 de diciembre soleado, con grandes de resaca y vitel tone para desayunar, almorzar y cenar. Los chicos, aprovechamos para ir a jugar al cuarto oscuro. Que hermoso juego.

Entre piñas en silencio, guerras de almohadas y primos escondidos, alguno decide revolear, desde adentro del placar, una bolsa negra abultada. Error. Estaba oscuro como cuando llegas a tu casa a las 6 am puesto y bajas el blackout. Es como que no se ve nada, pero de alguna forma la luz del sol logra escabullirse por tus pupilas. Es día, no se veía como para decidir quien te estaba tirando del pelo; pero se veía lo suficiente como para que cuando la bolsa negra se abrió en medio de su trayecto hacia la cara de Iachu, escupiendo una barba larga blanca y un puntiagudo gorro rojo; todos nos quedáramos petrificados. Fue un rayo rojo color Coca Cola seguido por un trueno de silencio los que frenaron el tiempo y de la nada el cuarto oscuro se convirtió en un “claaaaro…”. 

Alguno de los primos grandes, que ya sabía, agarró las partes de la bomba nuclear y las unió para esconderlas, rápidamente, abajo de la cama y continuar con las adivinanzas a ciegas. 

No creo haberme dado cuenta de nada en ese momento, pero una semillita se plantó en mi cerebro y comenzó a crecer como el jazmín de la entrada, trepando por las columnas de madera. Cuando todos se fueron obviamente volví a investigar. Pero no había rastros de la bolsa negra, ni la barba blanca, ni el gorrito puntiagudo rojo. Ni siquiera del rayo y el trueno que habían frenado el tiempo. La magia seguía intacta pero el jazmín se empezaba a enroscar.

El domingo siguiente vinieron mis abuelos judíos con la clásica bandejita de empandas de queso. Cuando lo vi a Simón, gordito, petizo y con pelo blanco, los jazmines se encontraron en la punta el triangulo de madera y las lucecitas de navidad se sumergieron detrás de las hojas verdes y ese perfume tan particular. Lógico, quien más podría ser. Me hice el boludo, obvio, como todos; mira si se enteraban y me hacían devolver la pelota.

El tiempo paso, Simi murió, vi a mis primos, mis tíos y a mi papa ponerse el mismo gorro rojo, la misma barba blanca. Hasta me tocó a mi salir desde la terraza a gritar “JO!JO!JO! Feliz Navidad!!” y luego guardar el traje en una nueva bolsa de consorcio negra para esconderla en el fondo de un placar.

El tiempo paso y ahora me encuentro sentado acá, abajo del jazmín, pensando por que te quería contar esta historia. No estoy seguro, pero pienso que la navidad, como tantos otros rituales religiosos y no religiosos, está rodeada de magia. Magia para chicos y para grandes. Magia que te puede hacer creer que un gordito simpático viene volando en trineo, con un reno de chofer, solo para traerte una pelota de bascket. Magia que te puede hacer pensar que es el día indicado para ponerte a discutir con tu hermano sobre ese tema que no se toca hace años. Magia que te puede hacer pensar que ponerle pasas de uva al pan es una excelente idea. No se, magia rara, magia buena, magia mala, ni idea, pero magia al fin. 

Quizás estás esperando que sea el 24 a las doce para bridar e irte a escabiar y bailar con tus amigos. Quizás ya no te convence el cuento de Papa Noel y tener que gastar un montón de plata en regalos vacíos.  Quizás la excusa ya no es suficiente y está bien, por que los ritos cambian, se transforman. Los ritos de repente son el asado del domingo, la salida del sábado, la comidita de los jueves, el mate de las siete, la juntadas a tocar, la torta que te hace tu abuela cuando la vas a visitar, ese regalito que te hicieron y no te esperabas, la peli con pochoclos, el desayuno en silencio, los viajes con amigos y por ahí sigue la lista. Son todos esos momentos donde el protagonista es el encuentro, donde el perfumen a jazmín inunda todos los sentidos y, por sobre todo, donde la magia se encarga de que todo lo demás deje de importar.

No olvidemos los ritos, rompamos los viejos, desarmémoslos, creemos nuevos si hace falta. Peor nunca dejemos de buscar el espacio para que la magia permita que todo pueda pasar.

 

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