No suelo escribir, pero hoy escribo.
Hoy escribo sobre el viernes pasado. Este que pasó no, el anterior. Era un viernes especial por que íbamos al rio.
Lo buscamos al negro, compramos empanadas y fuimos directo a la laguna a comer muy tranquilos.
Después de comer y de hacer la digestión ya era la hora de jugar. Si, de jugar. Jugar a lo que sea, hacer algo, movernos. Con Axel siempre había un momento especialmente reservado para eso, para jugar, para ser chicos de vuelta. Nos tiramos al agua, nadamos, saltamos, nos sacamos fotos. En fin boludeamos, hasta que en un momento me dijo: “tenemos que hacer la mortal para atrás”.
Tenemos que. Un imperativo. No había otra posibilidad.
Ya se le había metido en la cabeza y ahora era algo que HABIA que hacer. No me iba a dejar convencer tan fácil por lo que le dije: “no negro, estás loco. No me animo yo. Hacela vos si queres” y probablemente un montón de otras negativas parecidas. La verdad que ni si quiera sabía si me daba miedo. Es algo que hice mil veces cuando era chico, pero no, ya crecí, soy una persona sensata, ya puedo reconocer que eso es un riesgo y que me puedo lastimar y que no debería hacerlo. Es más, para que hacerlo… si así estoy bien.
Aparentemente él tampoco se iba a dejar ganar tan fácilmente y me dijo: “bueno, yo me tiro y después te tiras vos”. Que yo me tire después de él no cambiaba nada; no iba a poder saltar más alto, ni más lejos, ni iba a poder caer mejor, pero de alguna forma eso lo dejaba más tranquilo. “Bueno dale” le mentí. Se subió al borde de la lancha, se agarró del parante para aguantar el movimiento de las olas, se arqueo para mirar el horizonte, flexionó dos o tres veces las piernas para preparar la fuerza que tenía que usar para elevarse, conto hasta tres para prepararse mentalmente y saltó.
Fue perfecto, salido de una película de animación. Spiderman o algo así. En mi mente salto 3 tres metros, estuvo un minuto y medio en el aire, giró perfectamente y cayó en un palito merecedor de varios 10. Bueno quizás exageré, pero se entiende, estuvo barbaro.
Unos segundos después me cayó la ficha. Ahora me tocaba a mí. “Mierda”. Me subí al borde de la lancha, me agarre al parante, flexioné las piernas , hice todo lo que él había hecho. La diferencia estaba en que yo sabía que era puro show, sabía que tarde o temprano me iba a bajar y no iba a saltar. Como dije, me daba miedo. Flexioné las piernas varias veces más, como si buscará que de la nada ellas tomaran la decisión de saltar y me evitaran la vergüenza. No pude. Mire para el agua y le dije: “no puedo negro, me da miedo” y amague a bajarme. Antes de que puediera moverme, desde abajo Axel habló. No me boludeo, no me dijo “dale no seas cagón, saltá”. En vez de todo eso me miro muy calmo y me dijo: “Dale Junita vos podes. Esto está en tu sangre. Te va a hacer bien. Mira al horizonte y salta hasta allá”. De repente tenía todo lo que necesitaba...
Contó hasta 3 y salte.
No fue perfecto, pero fue.
Recién ahora me doy cuenta que sí, tenía miedo, pero que todo lo que necesitaba para sacármelo eran esas palabras. Sus palabras. Hoy no tengo más miedo. Quizás él no está ahí abajo para manijearme a que salte. Tampoco está ahí arriba, no. Pero si está adentro mío diciéndome lo que necesito para animarme a saltar; diciéndome que tengo que saltar, una y otra vez. Seguir saltando, seguir jugando. Con todos y con él.
No suelo escribir, pero hoy escribo porque no tengo más miedo.
Para Axel.
Comentarios
Publicar un comentario